viernes, 30 de agosto de 2019

NEW YORK CHRONICLES III


Miércoles 3 de julio de 2019

La mañana amaneció menos sofocante gracias al chaparrón de la noche anterior. A las 11 teníamos que subir al Top of the Rock. Antes de eso nos deleitamos con un típico desayuno americano a base de tortitas y otras "ligerezas" para poder enfrentarnos al día con el suficiente aporte energético. Mientras esperábamos a que se hiciera la hora nos dio tiempo a visitar la Catedral de San Patricio que está justo en frente. Después de haber visto las catedrales europeas, pues la verdad, se queda uno igual que estaba, pero bien, siempre se agradece, sobre todo en verano, por aquello de que te puedes sentar un rato y se está fresquito.
La visita al mirador del Rockefeller Center es o debía ser obligada. Merece muchísimo la pena y no es nada caro. Las vistas son espectaculares y al tener un cristal las fotos salen geniales. Ahí arriba estuvimos casi una hora y al bajar nos fuimos a visitar el Radio City Music Hall, que está también en el Rockefeller Center, ya que éste se compone de 19 edificios entre tiendas, restaurantes, oficinas y jardines.
El Radio City Music Hall ha sido de lo que más me ha gustado del viaje. Estaba en mi lista desde el principio por haberlo visto tanto en ‘Días de Radio’ de Woody Allen como en ‘El Padrino’ de Coppola. Pero además, mi hermana me había insistido mucho en que no me lo perdiera, y tenía razón. Se trata de un antiguo palacio del cine que ahora se utiliza para espectáculos en vivo y que es considerado como el teatro más importante del país. Se inauguró en 1932 con la decoración art decó y ya sólo por eso merece la pena verlo. Pero es que la visita guiada por el módico precio de 30 dólares dura casi dos horas y no tiene desperdicio. Te cuentan toda la historia del teatro con todo lujo de detalles y te enseñan los entresijos del mismo desde las bambalinas hasta los sótanos, pasando por los camerinos o la sala de ensayos donde se puede ver a las Rockettes, que son las bailarinas que todos los años representan el “Radio City Christmas Spectacular”. En serio, es una maravilla. La decoración art decó se restauró recientemente, desde las moquetas o las paredes hasta el último detalle de los baños tal y como estaba en 1932, porque otra cosa no, pero pasta no les va a faltar para eso y más. El espectáculo de las Rockettes agota las entradas todos los años al igual que el resto de eventos que tienen lugar en el teatro, como la entrega de los Premios Grammy o los Tony. Este agosto, por ejemplo, actuaban John Fogerty (Creedence Clearwater Revival) o Lenny Kravitz. Así que a cualquier aficionado al mundo de la farándula le encantará. Se lo aseguro.
Después de tanta información y belleza había que asimilar todo eso, de modo que hicimos mutis por el foro (nunca mejor dicho) y nos retiramos a descansar un poquito y preparar la tarde.
Una de las pocas cosas gratis de NYC es el ferry a Staten Island. Sale cada 30 minutos desde South Ferry Terminal y el recorrido es gratis tanto a la ida como la vuelta. El mismo ferry que cada mañana cogía Melanie Griffith en la película de Mike Nichols de 1988, 'Armas de Mujer' ('Working Girl' en su título original). La película arrancaba con una panorámica del ferry llegando a Manhattan, en donde nuestra protagonista intentaba cada día triunfar luchando contra los tiburones del distrito financiero y cada noche se volvía en el ferry a su barrio obrero.  
En Staten Island no hay mucho que ver, salvo la mansión de Don Vito Corleone para los fanáticos de 'El Padrino'. Por lo que de verdad merece la pena coger el ferry es porque pasas muy cerca de la Estatua de la Libertad y te ahorras otra excursión. A no ser que de verdad os haga mucha ilusión verla de cerca y queráis subir a la corona. A nosotras nos bastaba con verla desde el barco, y para eso hay que ponerse a estribor (a la derecha a la ida) que se ve muy bien y además si lo hacéis al atardecer al coger el ferry de vuelta veréis cómo se va iluminando el skyline (perfil, contorno) de Manhattan y Brooklyn con lo que hay que ponerse a babor (a la izquierda) y eso sí que es precioso.
Antes de eso habíamos investigado cómo bajar hasta el Downtown y encontrar el muelle en cuestión. En la recepción del hotel nos convencieron de que el metro era la mejor manera y la más barata. Yo no estaba muy convencida porque todo el mundo me había dicho que el metro no molaba, pero si los neoyorquinos nos lo recomendaban sería por algo. Efectivamente, el metro con todas sus pegas (las veces que se retrasa, se inunda, se colapsa…) sigue siendo el medio más rápido. Aunque no es que esté tirado de precio, porque un billete de ida son 3 dólares; pero puedes sacar algo parecido a un bonobus, esto es, la Metro Card y con eso ya no es tan sangrante. Sirve tanto para el metro como para los autobuses, aunque nosotras sólo la usamos para el metro. La puedes ir recargando a demanda y así sí renta.
En Staten Island, como he dicho, no hay mucho que hacer así que nos quedamos tomándonos un batido en el muelle a esperar la puesta de sol para volver a Manhattan. Y la verdad es que mereció mucho la pena, muy recomendable.
Al volver del barco decidimos caminar hasta la Zona Cero que está relativamente cerca. Pasamos por Wall Street que no tiene nada que ver y guiándonos por la silueta del edificio, el One World Trade Center, llegamos al National September 11 Memorial and Museum. Aún siendo de noche y sin entrar al recinto, sólo con saberte en la zona y ver el impresionante nuevo edificio y el estanque con todos los nombres grabados, sobrecoge.
Justo en frente hay una boca de metro, aunque es más una estación porque es enorme, parece un centro comercial, y ya con eso dimos por concluida otra jornada muy productiva. Nos bajamos en la calle 42 con Broadway (famosa por todos los teatros) y pudimos ver a uno de los miles de artistas callejeros que te vas encontrando en cada esquina de la ciudad y como no, en el metro. Un negro tocando al bajo temazos de George Benson y claro, nos quedamos un rato viéndolo. Pero es que al subir a la calle y volver a sumergirnos en la atmosfera de luz y sonido de Times Square nos quedamos otro rato viendo a otros dos (negros también, por supuesto) que con cubos de plástico y alguna que otra tapadera se habían montado un espectáculo de percusión alucinante. 
Y entonces entiendes porque la llaman la ciudad que nunca duerme.
Suzy


































NEW YORK CHRONICLES II


Martes 2 de julio de 2019

Como he dicho, la primera mañana estábamos muy despistadas, pero a pesar de eso conseguimos ver bastante. Manhattan se divide en cuatro grandes zonas (Uptown, Upper sides, Midtown y Downtown). Nosotras nos alojábamos en Midtown, que sería como la Puerta del sol de Madrid o Picadilly Circus en Londres, vamos, en todo el mogollón.
Así que esa mañana nos lanzamos a ver todo lo que teníamos por la zona, como la Biblioteca Pública (New York Public Library) que nos pillaba relativamente cerca y Bryant Park que está justo a la espalda de la misma. Bryant Park es un oasis en ese maremágnum que es la 5ª Avenida a la altura de las calles 40 y 42. 
Otro objetivo cercano era el Rockefeller Center, que también lo teníamos al lado, a donde fuimos a recoger las entradas para subir al día siguiente al Top of the Rock (el mirador que se encuentra en la 70ª planta del famoso rascacielos).
También tuvimos tiempo de ver la Estación Central (Grand Central Terminal) que hemos visto en cientos de películas y que es una maravilla y está al lado del emblemático edificio Chrysler.
La Biblioteca Pública, que también sale en otro mogollón de pelis (‘Desayuno con Diamantes,’ ‘Cazafantasmas,’ o ‘John Wick’ por nombrar algunas) merece la pena por eso y por sí misma. Y Bryant Park, ese remanso de paz y buen rollo, también lo hemos visto en ‘Misterioso Asesinato en Manhattan’ de Woody Allen.
Después de ver todo esto volvimos a descansar un poco al hotel para organizarnos la tarde y recuperar fuerzas.
La primera parada fue a un pub irlandés que nos pillaba al lado, The Stagecoach Tavern. El sitio no puede ser más auténtico y como bonus extra estaba jugando EEUU contra Inglaterra en el Mundial de fútbol femenino. El ambiente era alucinante, y encima iban ganando las yankees, jeje. Deboramos nuestras primeras hamburguesas con pepinillos del tamaño de calabacines entre otras exageraciones y ya una vez repuestas nos dirigimos a explorar Central Park. Tengo que mencionar que nuestro hotel estaba en la 7ª Avenida entre las calles 50 y 51 y teníamos Central Park a sólo 8 calles al norte, vamos, al lado, y Times Square a unas 6 calles hacia el sur, o sea que estábamos muy bien situadas. Muy céntrico, sí, pero con lo que eso lleva consigo, aunque si es la primera vez que vas, está genial tener todos los reclamos turísticos a tiro de piedra.
Central Park es tan grande que necesitas un plano aparte para ver por dónde andas. Es tal y como lo habíamos imaginado a fuerza de verlo en infinidad de películas. Gente andando, corriendo, en bici, tomando el sol, leyendo, jugando a voley playa, al ajedrez, paseando al perro, paseando en calesa, tocando el saxo, la guitarra, el violín…cantando, haciendo breakdance o cómo se llame ahora….todo lo que te puedas imaginar y más. Como es tan grande en ningún momento te agobias, como mucho te puede dar el agobio porque te pierdas, porque es como un bosque. Una maravilla de 341 hectáreas que se diseñó en 1858 y se tardaron 16 años en construir para crear colinas, prados, estanques, plantar más 500.000 árboles y construir los más de 30 puentes y arcos que contiene. Que se dice pronto.
Nos llevó todo el resto de la tarde ver sólo un tercio, en concreto Strawberry Fields, que es la zona que patrocinó Yoko Ono en honor a John Lennon; Bethesda Terrace, que la recordaréis por su fuente y ha salido por ejemplo en la peli de George Clooney y Michelle Pfeiffer, ‘Un Día Inolvidable’, y donde vimos a un negro tocando la guitarra y cantando maravillosamente; o Wollman Rink, que en invierno es una pista de patinaje sobre hielo pero ahora está llena de norias y otras atracciones de feria y hemos visto en clásicos como ‘Love Story’ o más recientemente en ‘Serendipity’. Una auténtica gozada. Después de hacer doscientas mil fotos fuimos hacia el oeste, a Central Park West, en concreto a la 8ª Avenida, porque íbamos buscando el edificio Dakota que está en la esquina con la calle 72. Tristemente famoso por el asesinato de Lennon y por la película de Polanski, ‘La Semilla del Diablo’, el edificio sigue siendo precioso y merece la pena verlo.
Si hubiéramos seguido hacia el norte habríamos acabado en el Upper West Side, que no es tan pijo como el Upper East Side pero ya se nota el nivel en las calles tranquilas con casas mucho más caras y más chulas. Central Park queda justo en medio de estos dos barrios. El apartamento de Holly Golightly, la entrañable protagonista de ‘Desayuno con Diamantes’ estaba por supuesto, en el Upper East, más concretamente en el número 169 de la calle 71, y la protagonista de ‘Sexo en NY’, Carrie, también vivía en esta zona, dos calles más arriba para ser exactos, en el 245 de la 73, aunque los exteriores de su apartamento se rodaron en realidad en una preciosa calle arbolada del West Village, que se ha convertido en un lugar de peregrinaje tan deseado, que los vecinos han tenido que poner una cadena con el letrero de “No Pasar”.
Ni que decir tiene que no vimos ninguno de los dos. En su lugar empezamos a bajar por Columbus Avenue (esto es, la Avenida de Colón) buscando el Lincoln Center, que está
entre las calles 62 y 66 y que es un gigantesco complejo que alberga la Metropolitan Opera, el NYC Ballet, la NY Philarmonic, los teatros Vivian Beaumont y Walter Reade así como salas de conciertos y la Julliard School. Ahí es nada y que también hemos visto en películas como ‘Cisne Negro’. Para cuando lo encontramos nos había caído un chaparrón, que vino muy bien para que se refrescara el ambiente y nos moríamos de hambre. Otra de las guías que seguí a pies juntillas era el libro de Elvira Lindo, ‘Lugares que no quiero compartir con nadie’ y en él menciona que le encanta ir a comer a un restaurante que está justo enfrente del Lincoln Center, el PJ Clarke’s. Y dicho y hecho. El sitio tiene carácter, otra taberna pero esta vez al viejo estilo con máquina de discos y todo, una jukebox para meter un cuarto de dólar y poner alguno de los grandes clásicos de la música americana mientras esperas que te sirvan una de las mejores hamburguesas de la ciudad o un súper sándwich de pollo y de postre la mejor tarta de queso de Nueva York, o eso al menos es lo que dice la publicidad del local.
Totalmente saciadas, con los pies mojados y bastante cansadas cogemos un taxi y derechitas a dormir después de un primer día agotador pero muy muy satisfactorio.
Suzy
























NEW YORK CHRONICLES

Lunes 1 de julio de 2019

Hola de nuevo, otro verano más y van 10 con este, desde que empecé a contar mi vida por esta vía. Este verano, sin embargo, he hecho realidad uno de mis sueños. Visitar Nueva York. Llevaba toda la vida esperándolo. Pensaba incluso que me iba a decepcionar, pero ¡qué va! Es el riesgo de pasar tanto tiempo planeando algo. Pero, por supuesto, no me ha decepcionado en absoluto.
Tenía claro desde el principio que iba a ser en primer lugar un “safari fotográfico” y en segundo lugar un recorrido cinéfilo por ese plató gigante en que se ha convertido la ciudad. De hecho, una de las guías que utilicé para seleccionar lo que queríamos ver es un libro titulado “Nueva York de Cine”. En ese libro se recorre la ciudad a través de 55 películas rodadas en la misma. De esas 55 yo había hecho mi selección y me interesaban unas 16, a saber: ‘El Padrino II’, ‘Serpico’, ‘Big’, ‘Cazafantasmas’, ‘Manhattan’, ‘Misterioso Asesinato en Manhattan’, ‘Serendipity’, ‘La Semilla del Diablo’, ‘Ghost’, ‘Desayuno con Diamantes’, ‘Superman’, ‘Días de de Radio’, ‘Spiderman II’… En la guía venían las coordenadas exactas para poder encontrarlas. Así que además de la guía convencional me llevé una chuleta con las direcciones de esas películas. Claro está, una cosa es lo que se planea uno en su casa tranquilamente en su salón y otra muy distinta lo que te encuentras cuando empiezas a andar en esa urbe que puede contigo.
Teníamos 7 días y queríamos aprovechar cada segundo, conscientes o inconscientes, de que estábamos en verano y de que las distancias son abrumadoras. Fui con mi hija Sofía porque es igual de friki que yo para el cine y me ayudaría a buscar las localizaciones y porque también quería hacer doscientas mil fotos. He creado un monstruo, jeje.
Yo siempre me he orientado muy mal, me pierdo con mucha facilidad y además con los años este problema se me ha ido agravando ya que mi marido Gary, es un navegante nato y siempre sabe dónde tiene que ir, con lo que yo he dejado el cuerpo muerto. Tengo que confesar que tenía mis dudas y mis temores sobre cómo me iba a apañar sin él. Mi amiga María Luisa me había dicho que no me preocupara, que NYC es la ciudad más fácil del mundo, pero es que ella no tiene problemas para viajar sola a cualquier sitio, es una persona muy valiente.
Sin embargo, quitando la primera mañana que me agobié bastante, el resto del viaje sin problemas. Como dice Elvira Lindo, Nueva York te ayuda a entender los puntos cardinales y a situarte en el este, oeste, norte o sur. Y una vez que controlas que las calles van en perpendicular con las avenidas, es muy fácil. Pero como ya he dicho, las distancias son tremendas. La ciudad es inabarcable. Cuando fuimos conscientes de esto, nos lo tomamos con más calma y empezamos a disfrutar.
No obstante, el “aterrizaje” de noche en Times Square después de las 9 horas de vuelo más los retrasos en ambos aeropuertos y el cambio de horario es tal cual si llegaras de Saturno. Faltan adjetivos, por mucho que lo hayamos visto mil veces en el cine, es sobrecogedor ver todos esos anuncios, ese espectáculo de luces de neón que literalmente te ciegan como te descuides. A eso súmale un tráfico endiablado, y miles y miles de almas. Es abrumador.
Suzy