Jueves 4 de julio, amanece un nuevo día en la ciudad de la
luz, al menos ese es el sobrenombre que le pusimos nosotras el primer día que
llegamos. Hoy vamos a subir al Castillo y pasaremos todo el día viendo todo lo
que hay que ver dentro del recinto. El Castillo de Praga (Prazsky Hrad) necesita un día entero para verlo bien. La
historia de Praga se remonta a la construcción del Castillo en el siglo IX.
Está situado en una colina de cara a la ciudad con las vistas más
impresionantes de la misma. La mezcla de palacios, iglesias, museos, jardines y
galerías ayuda a entender bien los orígenes de Praga.
Ante tanta oferta cultural hicimos una selección desde el
principio para sacar el mayor partido posible. Queríamos ver la Catedral de San Vito, el
Callejón Dorado, El Antiguo Palacio Real, la Basílica de San Jorge y
el Palacio Lobkowicz.
Volvimos a coger el tranvía 22 que ahora ya teníamos
controlado, y empezamos la visita en la Catedral. La entradas para el recinto se venden
en el Tercer Patio, en el Centro de Información del Castillo. La nuestra nos
permitía ver todo lo que habíamos seleccionado. Por supuesto hay otros tipos de entradas, por si alguien quiere
abarcar más, pero a nosotras con esta nos bastaba.
La
Catedral San Vito se comenzó a construir en
1344. Su posición privilegiada en lo alto de la colina sobre el Moldava y el
resto de la cuidad la convierten en uno de los monumentos más significativos de
Praga. La Capilla
de San Wenceslao que está decorada con 1300 piedras semipreciosas y frescos de
la pasión de Cristo o el impresionante órgano son dos buenas razones para
visitar la catedral, aunque como todas las catedrales góticas tiene mucho más
que ver. Nos llamó mucho la atención el hecho de que tanto la Catedral como el Puente
de Carlos IV, que son dos de los reclamos turísticos por excelencia, estén
totalmente negros, sobre todo teniendo en cuenta que todas y cada una de las
fachadas así como todas las calles están absolutamente impolutas.
No obstante el pórtico principal de la Catedral o su Puerta
Dorada, a pesar de que necesiten rehabilitarse urgentemente, siguen siendo
preciosos. Después de dar varias vueltas por todo el recinto nos percatamos de
que es el lugar elegido por los recién casados praguenses para hacerse las
consabidas fotos.
Así mismo, tuvimos tiempo de ver el cambio de guardia, que
nos pareció un pelín patético y después nos dirigimos a nuestro siguiente
objetivo que era el que más ilusión nos hacía: el Callejón Dorado.
Esto tengo que decir que superó todas nuestras expectativas
y no nos defraudó en absoluto. Yo diría que es casi lo que más nos gustó,
quitando el Puente y el Reloj, claro.
Volviendo al Callejón, se trata como su nombre indica de un
callejoncito que bordea el muro interior del castillo y cuyas diminutas casitas
son de lo más pintoresco, parecen sacadas de un cuento de Andersen. En su día fueron el hogar de los orfebres y
alquimistas de Rodolfo II (de ahí el nombre). Franz Kafka vivió un tiempo en el número 22.
Como podéis imaginar estaba a reventar de turistas, lo cual
complica bastante la cuestión de sacarle fotos. Pero nos daba igual, estábamos
alucinadas con todas las casitas y el callejón en sí. De ahí bajamos a uno de
los jardines para disfrutar de las vistas y decidir dónde podíamos comer.
Entonces apareció Pedro y diréis: y quién es Pedro. Pues debe ser uno de los
checos más majos que te puedes encontrar. Con muchísimo arte nos convenció (en
un español de lo más apañado y con toda la gracia) para que comiéramos en el
Palacio Lobkowicz.
Nos contó el menú, descuento incluido por ser nos quien
éramos, nos lo adaptó a lo que queríamos probar y se lo dijo a los camareros,
nos consiguió una mesa con las mejores vistas, (vamos, teníamos toda Praga a
nuestros pies) y estuvo con nosotras hasta que nos dejó bien instaladas. Pero todo esto ¡con un
arte! que daba gusto. Desde luego la
comisión se la curra.
El Palacio Lobkowicz que también pertenece al recinto del
castillo, alberga una galería de arte que rivaliza con la Galería Nacional
y que no está nada mal para ser privada. Sin embargo nosotras no entramos a la
galería, hay que pagarlo a parte. Tuvimos suficiente con probar el famoso
goulash disfrutando de las vistas.
Aún nos quedaba por ver la Basílica de San Jorge y
el Antiguo Palacio Real. De modo que cuando acabamos de comer nos lo tomamos
con calma y vimos las dos cosas. La basílica es románica y por tanto es
pequeñita, se ve en seguida. Cuando entramos nos enteramos de que esa tarde
habría allí mismo un concierto con un quinteto de cuerda y una soprano y como
es lógico sacamos entradas. Ir a Praga y
no ir a un concierto de música clásica es imperdonable, sobre todo si una de
las viajeras es profe de música, jeje.
Pero antes del concierto teníamos que visitar el Antiguo
Palacio Real que está justo enfrente de la Puerta Dorada de la
catedral. Otra obra maestra del gótico
tardío famosa entre otras cosas por haber sido testigo de las defenestraciones
de los gobernadores católicos a manos de los protestantes.
El programa del concierto que íbamos a oír en la Basílica era algo así
como The Greatest Hits de la música clásica. Vamos, los imprescindibles, desde
Smetana y Dvorák por supuesto, hasta Brahms pasando por Bizet, Händel,
Pachelbel, Albinoni o los inevitables Mozart y Vivaldi. Todo muy conocido, al
menos para Mª Luisa que como es lógico está bastante más puesta que yo. A mí me
sonó genial pero ella como buena experta dijo que sonaban muy bien
técnicamente, pero sin alma. No emocionaban para nada. Muy correctos, pero
demasiado fríos. La soprano, según ella, tenía una voz muy fea. Ni que decir
tiene que esto tampoco lo noté. Pero el hecho de oír todo eso en el interior de
la basílica y con esa acústica tan espectacular mereció la pena. Al terminar el
concierto el interior del castillo estaba de lo más despejado. Todos los
palacios, museos, galerías y la catedral cierran a las 5:45, aunque el recinto
permanece abierto más tiempo. Como nos pillaba de paso se nos ocurrió
acercarnos al Callejón Dorado antes de salir por si acaso estuviera abierto y
pudiéramos verlo sin el mogollón turístico de la mañana y ¡BINGO! No había
nadie y se podía pasar porque ya estaba totalmente desierto. No nos lo podíamos
creer, de hecho pegamos una par de gritos de emoción y atrajimos la atención de
otros turistas que también salían de la Basílica de haber oído el concierto. Pero nos dio
tiempo a hacernos todas las fotos que no pudimos por la mañana, o al menos las
mismas pero sin japoneses, jeje.
No creímos que la noche se pudiera mejorar puesto que
habíamos visto y hecho todo lo que nos habíamos propuesto y más. Bajamos por la
cuesta que lleva a Malostranská donde habíamos cogido el tranvía y además de
disfrutar de las vistas empezamos a pensar dónde podíamos cenar y si nos
merecía la pena intentar dar un paseo en barco por el Moldava como despedida.
Solo había una cosa que no habíamos podido hacer por falta de tiempo y era ir a
un club de jazz a oír música en directo. De momento estábamos más o menos
servidas porque acabábamos de escuchar el concierto de la Basílica y después de
todo no se puede tener todo, ¿no?
Seguimos dándole vueltas a lo del paseo en barco y nos
acercamos a preguntar precios y horarios. Y aunque parezca increíble volvimos a
cantar BINGO. Hay un barco que te lleva durante dos horas por el Moldava y
además tiene jazz en directo a bordo y por si eso no fuera bastante también es
restaurante. Tres por uno, como en Carrefour, jajaja. Un jazzboat donde te
llevan por el río mientras cenas oyendo jazz y blues en directo, qué queréis
que os diga, como broche de oro no tiene parangón. Si a eso le sumamos que los tres músicos
(batería, contrabajo y guitarra eléctrica) eran buenísimos pues ya, nirvana.
Pues aún hay más.
Nosotras estábamos cenando en la cubierta de arriba porque
abajo, donde los músicos, estaba todo pillado. Cuando terminamos de cenar
bajamos para verlos de cerca, porque los tíos eran geniales. Cuando quedaba
como media hora de actuación va un tío del público que estaba cenando
tranquilamente con su pareja y le pregunta a los músicos si se les puede unir.
Así que ni corto ni perezoso saca una flauta travesera y se pone a tocar con
ellos en plan jam session. Bueno, aquello fue ya el acabose. Por poco no nos da
algo. Entre las vistas desde el río (viendo el atardecer y como iban cambiando
de color el Puente y el resto de edificios), la música en directo y la cena, el
éxtasis era teresiano.
Y en este estado de levitación despedimos la última noche en
la ciudad de la luz.
Suzy

