martes, 8 de marzo de 2016

FLORENCIA, 16 de febrero de 2016

El lunes 15 salimos de Venecia lloviendo y cuatro horas de autobús  después llegamos a Florencia, mojados, cansados y hambrientos. Se suponía que nuestro chófer napolitano, Antonio, sabía dónde estaba el restaurante en que nos esperaban a cenar. Sin embargo, no supo explicarnos muy bien cómo llegar hasta el mismo y acabamos dando un rodeo de lo más tonto. Para entonces los ánimos estaban un pelín tensos y la climatología no ayudaba precisamente. Cómo nos verían de perdidos, que una señora desde una ventana se apiadó de nosotros y buscó (supongo que en Internet) la calle dónde estaba el restaurante y cómo ir. Este punto fue de lo más "almodovoriano", y la verdad, nos animó un poco, el caso es que en seguida dimos con el sitio. El restaurante Fantasía está especializado en viajes de estudios y rápidamente nos solucionaron el problema de la intendencia para saciar a nuestros famélicos adolescentes. Con el estómago lleno todo se ve de otra manera, de modo que la vuelta al autobús fue un paseo de lo más agradable, a pesar del frío. Por cierto que al llegar al autobús nos dimos cuenta de que si hubiéramos torcido a la derecha en lugar de a la izquierda, habríamos llegado en 5 minutos al restaurante y nos habríamos evitado la odisea  pero, en fin, cosas que pasan.
La llegada al hotel fue como un jarro de agua fría y nunca mejor dicho (volvía a llover a cántaros), pues el hotel dejaba mucho que desear en comparación al de Treviso. Nuestro chófer adoptó a Antonio Noguera como ayudante para bajar las maletas y debo decir que ya no lo "relevó del cargo". Cada vez que cambiábamos de hotel contaba con él para meterlo en el maletero como si de un contorsionista se tratara.
Nuestros alumnos aceptaron el bajón en la calidad del alojamiento como espartanos, vamos, apenas se quejaron, jaja.
A la mañana siguiente y después de una nochecita muy tranquila (léase el sarcasmo entre lineas), desayunamos contra reloj para llegar a tiempo al punto de encuentro con nuestra guía, Paola.
Nos tenía que hacer un recorrido por lo más representativo de Florencia incluyendo la visita a La Academia y  a Santa María de las Flores. Afortunadamente el día amaneció frío pero sin lluvia, de modo que pudimos disfrutar la visita. Paola era muy maja y se explicaba de maravilla. Decir  Florencia es decir Renacimiento, es hablar del  Quatroccento, de Lorenzo Medici, de Brunelleschi, de Miguel Ángel... pero también es hablar del Giotto, de Boticcelli, de Filipo Lippi, y de Boccaccio o de Dante.
Es hablar de escultura, pintura, arquitectura. Es cultura con mayúsculas y cuando empiezas a pasear por sus calles y a ver sus plazas entiendes que a Stendhal le pasara lo que le pasó.
      En 1817, el autor francés Stendhal al salir de la Santa Croce y después de ver los frescos de su interior escribió: "Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados...me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme". El autor sufrió una "sobredosis" por su exposición a la belleza y las maravillas artísticas de Florencia, que desde entonces se conoce universalmente como Síndrome de Stendhal .
Y me atrevería a decir que nuestros alumnos sintieron un poco del síndrome cuando al volver una esquina se toparon con el espectáculo de Santa María de las Flores. O cuando vieron el interior de su cúpula de 45 metros de diámetro y 100 metros de altura diseñada por Brunelleschi, con los frescos del Juicio Final pintados por Vasari y junto a ella el campanario proyectado por Giotto. También tuvieron que sentir algo parecido al ver el Baptisterio con la Puerta del Paraíso, esa obra maestra de la orfebrería realizada por Ghiberti  recién restaurada. Y así fuimos subiendo de intensidad en esa sobredosis, pasando por la Piazza della Signoria con su fuente de Neptuno; con el Perseo con la cabeza de Medusa de Cellini; con el Palazzo Vecchio y  las réplicas del David; con el Puente Vecchio sobre el  río Arno y alcanzando su punto álgido en  La Academia al encontrarnos con el David de Miguel Ángel  y sufrir casi una parada cardíaca al contemplar tanta belleza.
Estaba claro que teníamos que reponer fuerzas después de tanta emoción,  para entonces ya habíamos recorrido un montón de pasos según la aplicación del móvil de Cristian Jureschi. 24.000 pasos para ser exactos, jajaja,  así que dejamos la visita a la Galería de los Ufizzi para después de comer.
Una vez más dejamos a los alumnos tiempo libre para que comieran tranquilos y a los que de verdad les quedaran ganas para seguir viendo maravillas los citamos en la puerta de los Ufizzi a una hora en que pensamos que no habría cola. La entrada para los estudiantes al igual que en la Academia es gratuita.  Para entonces ya nos habíamos despedido de Paola que, como dije al principio, nos explicó con todo lujo de detalles toda la hermosura que hay en esa ciudad.
Después de comer y de hacernos un homenaje en una heladería de lo más coqueta que hay justo enfrente de Santa María de las Flores (a pesar del frío intenso), nos dispusimos a ver los Ufizzi. La Galería de los Ufizzi no se puede ver de una vez, como todas las grandes. Es imposible ver la National Gallery de Londres en una tarde o el Reina Sofía o el Thyssen. Pero se puede uno hacer una idea generalizada y centrarse en unos cuadros determinados o en unas salas específicas y disfrutar así de manera igualmente intensa. La estrella indiscutible de la galería es El Nacimiento de Venus de Botticelli, que para mi gusto está sobrevalorado, prefiero mil veces La Primavera, pero eso es algo muy personal. Pero por supuesto en los Ufizzi se pueden ver muchas más cosas, desde La Anunciación de da Vinci hasta el Baco de Caravaggio. Desde luego al que le guste la pintura disfrutará paseando por sus salas. Hubo un grupo de alumnos insaciables de sabiduría que nos acompañaron en esta visita, ya sin guía y solo para amantes de la pintura. Desde la terraza de la galería disfrutamos de unas vistas espectaculares del atardecer florentino con la cúpula del duomo de Santa María a lo lejos.
Mientras tanto nuestros alumnos tuvieron tiempo de ir al Mercado de la Paja para comprar souvenirs o de visitar el Puente Vecchio y ver todas las joyerías. A la hora convenida volvimos a recogerlos para ir al restaurante Fantasía, el mismo de la primera noche. Y de ahí de nuevo al hotel, aunque esta vez nuestro chófer no pudo recogernos, pues el tema de los autobuses por el centro de Florencia es complicado, ya que no los dejan pasar. Nuestros alumnos recibieron la noticia con mucho agrado pues apenas estaban cansados, jaja.
Digamos que esa noche dormimos (bueno, los que dormimos) todos siendo un  poco más sabios y más felices después de haber visto con nuestros propios ojos todo lo que es capaz de hacer el hombre cuando decide crear algo bello.
Suzy



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